El verdadero perdón es una garantía, no un sentimiento. Cuando perdonamos a otros individuos de verdad, estamos haciendo una promesa de no usar su fechoría anterior en su contra. El verdadero perdón es una especie de gratitud. Cuando perdonamos a otros, les mostramos la misericordia que hemos recibido frecuentemente y que hemos agradecido.

El verdadero perdón

Es un acto de amor. Es el más recuperado, el más profundo, ya que nace de la humildad y la precisión. Es una acción desafiante, que si otra persona tiene toda la culpa en una situación, y nosotros no tenemos culpa; todavía hay en todos nosotros insuficiencias e imperfecciones que podrían ser nuestro mejor maestro. Puede que no reconozcamos el verdadero perdón aunque lo hayamos experimentado.

Sin embargo, sentimos en nuestro propio cuerpo que algo nos ha abandonado y que no llevamos la carga que solíamos llevar. Tendemos a sentir arrepentimiento en lugar de enfado dentro de la circunstancia, y empezamos a sentir pena por el que nos ha hecho daño en lugar de enfadarnos con él. Las tensiones musculares que habíamos llegado a asumir como ordinarias se alivian. Nos volvemos menos vulnerables a las enfermedades o a enfermedades mucho más graves.

Sistema inmunitario

Nuestro sistema inmunológico se levanta y los músculos de la cara se relajan. La comida sabe mejor y el mundo parece más brillante. La depresión disminuye radicalmente. Nos volvemos más disponibles para los demás y para nosotros mismos. El verdadero perdón no conduce a reencuentros forzados, ya que puede haber algunos hombres y mujeres a los que es mejor no ver, no escuchar, o incluso considerar durante más de unos momentos en cualquier momento. Pero nos ayuda a dejar que las personas se alejen de nuestras ideas, a liberarlas de cualquier deseo que pueda perjudicarlas, y a que nos aporten una libertad limpia.

Podemos tener la capacidad de descubrir el verdadero perdón en un minuto, pero lo más frecuente es que nos lleve semanas, meses o a veces años. Es algo a lo que debemos abrirnos, invitarlo a entrar, y va en una sola dirección. Como podríamos querer aprender a perdonarnos a nosotros mismos antes de poder ofrecer nuestro auténtico perdón, cara a cara, o en silencio a los demás. Para buscar nuestro camino hacia la verdadera predisposición, podríamos querer pasar por alto nuestros pensamientos racionales. Como admira profundamente la mente lógica para perdonar verdaderamente a alguien que nos ha herido, abusado de nosotrospara perdonar completamente a alguien que ha quitado la vida de alguien que amamos o nos ha ofendido mal.

Tenga en cuenta

No hay una forma sencilla de hablar de evitarlo, y definitivamente no hay una forma fácil de poner en práctica el verdadero perdón. Por difícil que sea, la verdadera iluminación es la última virtud, el punto máximo del amor, como proclama: Intentaré seguir disfrutando de la vida en ti, de lo divino en ti o del alma en ti. A pesar de que desprecio totalmente lo que has hecho o lo que representas.

Es más: Me esforzaré por verte como mi igual, y que tu vida tenga el mismo valor que la mía, aunque aborrezca lo que haces y todo lo que representas. Porque el verdadero perdón es, en sus formas más crudas, una virtud que perturba y confronta tanto como sana y eleva. Es esencial tener claro que no hay ninguna confusión entre perdonar y aceptar. Extender nuestro verdadero perdón no significa que justifiquemos las actividades que nos causaron daño ni implica que debamos encontrar a quienes nos han hecho daño. El verdadero perdón no es más que un movimiento para liberar y facilitar a nuestro corazón del dolor y el odio que lo atan.

¿Qué hacer?

La exigencia del verdadero perdón comienza con un acto de traición, crueldad, pérdida o separación. A veces lo que se pierde es la confianza. A veces es una sensación de certeza sobre nosotros mismos: sobre quiénes somos, cómo nos ven y qué representamos. El sufrimiento que precede a la demanda de auténtico perdón no es bienvenido. Puede que sea el escombro en nuestras vidas que finalmente y dolorosamente convertiremos en el oro de la conciencia. Pero con frecuencia nos arrastramos hacia esta comprensión sólo con gran vacilación. El dolor y el sufrimiento nos obligan a ampliar nuestro arsenal psicológico, incluso cuando nos aleja de la seguridad de lo que nos es familiar. Nos obligan a pensar en cuáles son nuestros valores, y cómo podrían alentarnos: qué fortalezas nos atrevemos a poseer; y qué fortalezas necesitamos adquirir inmediatamente.

Todo esto es demasiado estimulante para ser de algún modo tranquilizador. A veces utilizamos el término perdón cuando más bien nos estamos excusando por algo que hemos hecho o que hemos dejado de hacer. Excusar no significa aceptar lo que se ha hecho o dejado de hacer. Significa simplemente que alguien grita lo que ha hecho; probablemente deseando que los acontecimientos hubieran sido diferentes; o que alguien es optimista en cuanto a que no volverá a ocurrir; y el asunto se puede dejar de lado. El verdadero perdón no es el mismo asunto. Parece que ilumina otro reino de la experiencia por completo; un lugar que es más sombrío, más tenebroso, más confuso; un lugar donde hay algún elemento de miedo, crueldad, traición o ruptura de la confianza.

Conclusión:

Extender nuestro auténtico perdón puede ser un acto de amor y delicadeza supremos, pero también es duro. Exige que una de las partes afronte la verdad y aprenda algo valioso de ella. No implica aceptar, minimizar, excusar, desestimar o pretender olvidar lo que se ha hecho. Incluso en las condiciones más extremas, mucho antes de que sea posible cualquier edición del verdadero perdón, el amor impersonal; el amor que no hace distinción entre nosotros y todos los demás animales vivos; exige que abandonemos las ideas de venganza. Esto puede no significar dejar de estar enfadado, si es que lo estás.

El verdadero perdón no significa ciertamente fingir que las cosas están bien cuando no lo están. Tampoco significa tener que emprender cualquier acción para enmendar los errores del pasado o defenderse del futuro. Con frecuencia hablamos del verdadero perdón de una manera que sugiere que regalamos algo si perdonamos. O que aceptamos algo a cambio cuando otros nos perdonan. Esto es falso. Ofrecer el verdadero perdón o permitir que la verdadera ciudadanía se haga presente en cualquier forma en nosotros, no nos quita nada. Nos libera a algo que siempre está dentro de nosotros y de lo que nos hemos desligado: un sentimiento de unidad expresado a través de las cualidades de la confianza, la fe, la esperanza y el amor. La persona que perdona nunca saca a relucir el pasado en la cara de ese individuo. Cuando se perdona, es como si nunca hubiera ocurrido. El verdadero perdón es total y completo.